miércoles, junio 18, 2008

Forza Italia (Vota en la encuesta, por cierto)

Los que me conocen lo saben bien. Cuando comenzó la eurocopa hice mi pronóstico: Italia empezará mal, jugará peor. Salvará los muebles en el último partido, hará un cuartos nefasto con España pero ganará, jugará una semifinal maravillosa ganando con autoridad y en la final pasará lo que sea.
De momento no voy mal: parada de un penalty que le dejaba fuera de la eurocopa en el partido con Rumanía, partido de cara contra Francia con penalty y expulsión y luego empeine de Henry para rematar la faena... En fin, italia.
¿Y sabéis lo que os digo? que forza Italia. Me encanta su practidad, su chulería, su eficacia, su catennacio, su no fútbol... y sus cuatro mundiales. Me encanta Gatusso, Grosso y Materazzi (por no decir de su genial provocación a Zidane)...
En fin, Forza Italia. El domingo iré con España... pero casi casi prefiero a Italia. Esos si que tienen 'gallardía', por decirlo finamente.

viernes, junio 13, 2008

Generosamente

Me marcó mucho aquella historia, y me hizo comprender que, es entre los más necesitados donde uno puede aprender el amor. Luego lo olvidé pero es verdad, porque a amar no se aprende y sin embargo es una de las cosas cuya enseñanza es, con mucho, la más valiosa de la vida.
Entre los necesitados. Ese va a ser el objetivo parroquial número uno del año próximo.
En los orígenes de mi vocación nunca, de verdad, nunca había dado importancia a este hecho. Me parecía irrelevante. Y ahora, como mirándome en el espejo que es el alma de los chicos, veo clara y nítidamente aquel reflejo de dos años consecutivos visitando a los gitanos de la celsa, junto al Mercamadrid. Todos los sábados, para darles, supuestamente, catequesis, pero realmente era para jugar al fútbol.
Hasta hace poco tiempo, pensaba que el único beneficio que había sacado a esas visitas era el haber sido, por algunos momentos, el tipo más interesante de mi clase de COU a ojos de las alumnas por ser un tipo que, fíjate, es distinto y tiene corazón. Lo recuerdo porque fueron a contar que eso existía, preguntaron si alguien lo había hecho y yo levanté la mano. Fue terminar la clase y verme rodeado por todas y por ninguno. Me llamó tanto la atención que, como véis, aún lo recuerdo...
Pero aquello fue anécdota. Lo realmente importante es que a lo mejor, entre aquellas montañas de ajos, cerdos que circulaban, niños incapaces de decir Fulgencio (me llamaban Koeman), y chicos con la suficiente desmemoria para no aprender el padrenuestro, a lo mejor yo aprendí a ser generoso...
Objetivo parroquial número uno: los necesitados. No habrá vocaciones mientras no haya percepción de entrega real y verdadera. Entregarse a los hombres es tarea maravillosa que nadie podrá calificar de carga, aunque lo sea...
Y la historia que me impresionó siendo niño, que olvidé y que ahora recuerdo permanentemente es esta:
En este Hospital tuvo lugar el suceso que recordó varias veces san Josemaría en su catequesis: un joven empresario, Luis Gordon Picardo (Cádiz, 1898 — Madrid, 1932), al tener que dedicarse a una tarea molesta para atender a un enfermo —limpiar el vaso de noche—, oraba al Señor pidiéndole que no se expresara en su rostro la repugnancia interior que sentía al hacer aquello. En una ocasión un obrero de la maltería, un hombre política y socialmente muy radicalizado, que estaba internado en un hospital, se quedó asombrado al ver que aquel hombre joven que le cuidaba y le lavaba las heridas era el mismo ingeniero de la maltería. En los comienzos del Opus Dei, cuando acompañaba a san Josemaría en una de sus frecuentes visitas a los hospitales, en aquel caso en el Hospital General, se dispuso a limpiar un orinal usado como escupidera. “Vi que palidecía tremendamente —recordaba San Josemaría—, pero se dirigió a un pequeño cuarto del hospital, donde había un grifo y unas brochas para lavar esas cosas. Lo seguí, pensando que podía caerse redondo al suelo, y me lo encontré con la cara radiante de alegría. En vez de utilizar las escobillas, metía la mano para limpiar bien el orinal. Me quedé muy contento y le dejé hacer. (...) Después, me contaba que había pensado: ¡Jesús, que haga buena cara!.

miércoles, junio 11, 2008

De un país lejano

Me llegó hace tiempo un mail de un amigo, pero no me atreví a publicarlo, por aquello de la clandestinidad...
Ahora lo he leído en un sitio público, de modo que me veo más confiado para hacerlo.
Allá va:

Pablo ya es sacerdote. Deo gratias! Estábamos todos muy inquietos. Días antes de Navidad, me había comentado que su obispo había sido liberado, ¡qué bien!, que estaba
algo débil y que le habían instalado dos cámaras de vigilancia en la puerta de su casa. No obstante, una noche, Pablo lo pudo visitar no sé si entrando por una ventana o por la chimenea. El obispo le dijo que no se preocupara, que si la ordenación no la podía celebrar él, le daría las dimisorias para irse a donde fuera posible que le ordenaran. No hizo falta. El pasado lunes por la noche Monseñor ordenó a los ocho nuevos sacerdotes en el sótano de su casa. Sólo él y los ordenandos, nadie más. Anteriormente me había escrito un e-mail en el que me decía que había posibilidades de "boda" en esos días –utilizábamos ese término para referirnos a las ordenaciones–. Pero no había nada en claro. Rezamos mucho. El lunes, sin saber yo nada, compré una tarjeta telefónica para llamarle desde un teléfono público (por seguridad). Esa tarde pude hablar con él. Me dijo que la ordenación podría ser esa misma noche. Pero que tampoco era seguro. En la Misa de mi parroquia todos lo encomendamos mucho. Aquella noche cuando ya estaba yo acostado, hacia las 10.30, recibí un mensaje en el móvil que decía: "ya ha sido la boda". De alegría y emoción salté de la cama. Rápidamente salí a la calle –hacía frío–, fui de nuevo al teléfono público y le llamé para confirmar la noticia. Ninguno de los dos podíamos hablar de la emoción. Tampoco debíamos, por seguridad, expresarnos en los términos exactos pero era evidente el gran acontecimiento que Pablo y sus siete compañeros acababan de vivir ya para siempre: ser sacerdotes de Jesucristo. ¡Impresionante! Pablo me decía que no podía dormir, que le parecía mentira y que no paraba de dar gracias a Dios y recordar a todas las personas que le han ayudado en ese camino hasta el sacerdocio. Sus padres aún no sabían la noticia. Ayer, martes, Pablo se fue a su pueblo y celebró su primera Misa "solemne" –y bien solemne, porque la Santa Misa siempre es solemne– en su casa, con sus padres y algún familiar. ¡Así de sencillo y así de grande! Porque ser sacerdote es algo muy grande. Al día siguiente como de costumbre celebré la Misa a las 7 de la mañana, di la noticia a los fieles y desayunamos chocolate con churros para celebrar tan magnífico acontecimiento. Pienso que Dios tiene que darle a Pablo, y a los otros siete, unas gracias especiales. Pensemos por un momento en el día de nuestra ordenación sacerdotal, es el día de mayor alegría en nuestra vida que compartimos con nuestros padres, familiares y amigos. Para Pablo y los suyos llegar al sacerdocio les exige incluso ese último sacrificio. Y en su nueva misión como sacerdote, el primer anuncio del evangelio fue comunicarle a sus padres: ¡Ya soy sacerdote! Bueno así hemos vivido este gran evento que nos ha llenado a todos de una inmensa alegría. Gratias tibi Deus, gratias tibi!”
Un abrazo inmenso.
De un amigo sacerdote.
"

martes, junio 10, 2008

Billete de 500 euros

Imagínate que sales de casa y te encuentras un billete de 500 euritos sobre el suelo, nuevo, reluciente. Nadie lo ha visto. Lleva tiempo ahí, esperándote... y arrecia el viento. Puede volar. Es el momento: nunca un pisotón tendrá mayor sentido. ¡Zas! presa cogida. Los 500 euros entre tu pie y el suelo. Los recoges y lo guardas, ufano por el hallazgo.
"Mejor lo ingreso en el banco!" piensas mientras te dirige a tu banco o caja de ahorros. "Daré 50 euros a los pobres, que soy bien nacido y sé ser agradecido"; hoy es tu día de suerte.
"Quería hacer un ingreso"; la chica de ventanilla coge tu billete. Le basta tocarlo para decirte: "lo siento, es falso". "¿Falso?", "si, más que un Judas de plástico"...
Decepción. Eso es lo que produce el encuentro con algo que se espera sea valioso pero al término resulta inauténtico. El diccionario define decepción como pesar causado por un desengaño.
Si un billete de 500 euros falso es capaz de amargar una mañana, un cristiano inauténtico o un sacerdote tibio son capaces de amargar toda una vida.
O, mejor, si un billete de 500 euros auténtico te alegra una mañana, ¿qué esperanza no dará un padre cristiano, una madre cristiana, un sacerdote verdadero?.
La inautenticidad es fuegos de artificio. Lo auténtico son los leños que arden.
Ánimo.

viernes, junio 06, 2008

Leños viejos y leños nuevos

Cuando aquella mañana de sábado, caminando por el centro de Madrid, se dio aquel encuentro fortuito pude concluir que, efectivamente, la gracia de Dios pasa de 'generación en generación' por puro amor suyo. Recordé aquello que hace años leí también fortuitamente en un ordenador del Seminario, porque un compañero había dejado abierto su correo... Se ve que le había escrito un sacerdote amigo suyo. A mi no me daba interés ninguno leer cosas de los demás, de modo que cerré pantalla, pero bastaron esos segundos para que una frase que estaba en el centro del escrito llamara mi atención y se me grabara para siempre. Allí ponía (cambio el nombre para evitar malentendidos): "querido Antonio, un sacerdote o muere de cansancio o muere de amor".
Cuando aquella mañana en el Madrid de los Austrias nos cruzamos con Don Félix, sacerdote mayor que no duraría más de un mes en esta tierra, tuve esa misma percepción: morirá de amor. Y de amor al sacerdocio. Porque cuando nos veía a nosotros, los curas jóvenes, era muy feliz. Y cuando veía a un muchacho que quería ser sacerdote, aún lo era más. Era la confirmación de la verdad de su vida.
La Iglesia es un hogar estupendo donde arden los leños; donde esos troncos viejos que han gastado su vida dando luz y calor van crepitando y, mientras se apoyan unos en otros, van cayendo para ser, primero, rescoldo, y luego, ceniza... Rescoldo de esos troncos nuevos, jóvenes, que reciben de ellos su fuego y arden vigorosamente para que otros tengan calor... y que llegarán a ser también rescoldo y ceniza. Cuestión de tiempo. Y así una generación, y otra, y otra... y el mundo sigue teniendo vida, calor, alegría.
No dejes de leer la historia que te pongo a continuación. Es, sin más, una de las causas de las reflexiones de hoy. Lo ley anoche, a las once, y me tuvo sentado en el sillón hasta las 12 pensando... rezando...
'Tolle et lege': toma y lee.

Asi me hice cura

La noche del 27 al 28 de diciembre de 1942 fue muy importante para un chico de doce años llamado José Luis Martín Descalzo. Transcurrían las vacaciones de Navidad en casa de don Cosme, hermano de su madre y párroco de San Cebrián de Arriba, un pueblecito de León. Aquella tarde había caído una gran nevada.
«En el viejo cuarto de estar —recordaría José Luis unos años después— golpeaba un reloj que marchaba más de prisa que los pasos de mi tío, que resonaban en el despacho. Mi tío era un hombre de esos a quienes hay que querer en cuanto se le conoce. Tenía el pelo gris y dos grandes arrugas surcaban la frente, sin que ninguna de estas dos cosas consiguieran hacer menos brillante su mirada ni apagar su sonrisa constante. En el cuarto de estar, mis hermanas hacían comiditas en un rincón. Yo jugaba con Laurel, un canelo de dos años a quien habíamos tenido que meter en casa porque la nieve casi taponaba la puerta de su caseta. De pronto, Laurel se puso rígido, estiró las orejas y lanzó un ladrido agudo, que hizo que mis hermanas levantaran a un tiempo la cabeza. Fue entonces cuando oímos que un caballo se acercaba calle abajo, y se paraba a nuestra puerta. Llamaban. Mi madre tiró de la soga, y al tiempo se abrieron la puerta de la calle y la del despacho de mi tío, que apareció con el breviario en la mano. Abajo había un hombre mal afeitado y con la pelliza salpicada de nieve.»
Aquel hombre venía a avisar de que en Roblavieja se había puesto muy enferma una señora y quizá falleciera esa misma noche. Él seguía su camino a otro lugar, en busca de unas medicinas. Don Cosme no dudó un instante. Se puso sus botas, acabó deprisa su cena y se dispuso a salir. No sirvieron de nada los consejos de su hermana, que le hacía ver el peligro de salir andando, de noche y con esa nevada, para hacer los cuatro kilómetros que había hasta Roblavieja. Solo logró convencerle de que le acompañara su sobrino, José Luis.
«Había dejado de nevar y el aire estaba tibio. Había salido la luna, que daba a la nieve una luz extrañamente blanca. Cuando salimos del pueblo, el reloj de la torre dio las diez de la noche. Mi tío iba embozado en su manteo, bajo el que ocultaba la caja de los sacramentos. Yo iba físicamente embutido en el abrigo y la bufanda y caminaba a saltos para no helarme los pies. La primera parte del camino fue fácil; pero cuando llevaríamos andados cerca de tres cuartos de hora se ocultó la luna y comenzó otra vez a nevar. Se levantó un frío que cortaba y que hacía llorar. La noche se había puesto muy oscura y no había más luz que la que despedía el brillo de la nieve. Fue entonces cuando yo comencé a tener miedo de veras, porque noté que mis pies se hundían más que antes, y tuve la sensación de que nos habíamos salido del camino. Miré a mi tío sin atreverme a hablar, y vi en sus ojos idéntico temor. Nos detuvimos. Se veían ya algunas luces de Roblavieja y el pueblecito se dejaba ver como una mancha más oscura. Pero ¿y el camino? No había posibilidad de adivinarlo, ya que la nieve estaba tendida como una capa, que no permitía adivinar dónde estaba el suelo firme.
»Seguimos andando a la ventura, y ahora el pavor estaba ya en mi corazón. Y entonces fue cuando sucedió lo que tenía que suceder, lo que estaba señalado para esta fecha desde la eternidad. Y todo fue sencillo, como una lección bien aprendida. Mi tío perdió tierra y cayó, dando un grito. Yo corrí hacia él e intenté ayudarle a ponerse en pie. Pero fue inútil. No podía ponerse en pie y ya no volvería a caminar más.
»Lo demás todo fue muy rápido. Corrí como un loco hacia el pueblo, sin atender en absoluto al peligro que también yo corría. Aporreé la puerta de la primera casa hasta hacerme daño en los nudillos. La noticia corrió de casa en casa, y poco después unos veinte hombres y varios perros me acompañaban al lugar donde había dejado a mi tío. Mientras, seguía nevando, y los ladridos de los perros eran secos y parecía que hicieran daño en el silencio. Mi tío estaba sin sentido, pero vivo todavía. Cuando le levantaron quedó en medio de la nieve removida una mancha de sangre que chillaba entre la blancura. Envuelto en una manta le llevaron hacia el pueblo. Abrió los ojos y pidió que le llevaran a casa de la enferma.
»Le arrimaron al fuego y se fue reanimando, mientras el médico vendaba la pierna, toda roja. Cuando estuvo un poco más repuesto pidió que le acercaran a la cama de la enferma, que era una viejecita arrugada que hablaba con rápidos chillidos. Había mucha gente en el cuarto, y yo noté que todos apretaban los labios como queriendo contener el llanto. Yo me quedé junto al fogón, sin acabar de comprender lo que pasaba; era demasiado grande aquello para mi pequeña cabeza. Yo perdí la noción del tiempo, porque mi tío y la vieja parecían no cansarse de hablar. Yo oía desde lejos la respiración ahogada de mi tío —una respiración irregular, como una máquina estropeada—, y entonces, no sé cómo, le vi como uno de aquellos troncos que iban desfalleciendo en el fogón. Le veía doblarse lentamente hasta que al fin cayera. Pero veía su sonrisa clara, que tampoco ahora se apagó; su alegría de morir en un acto de servicio, morir calentando a los demás y agotarse para dar puesto a otro leño que vendría tras él, para morir también en el fogón. Fue entonces cuando se me ocurrió de repente —¿cómo?— que por qué no iba a ser yo el leño que le sustituyera. No sé, nunca se sabe cómo se ocurren las grandes ideas.
»Al día siguiente las campanas de los dos pueblos tocaron a muerto, ¡aunque parecía que tocaban a gloria! Yo estaba como abstraído, como fuera de mí. La gente pensaba que era tristeza por la muerte de mi tío; pero ¿cómo iba a entristecerme una muerte tan estupenda? Me parecía tan terriblemente hermosa aquella muerte, que empecé desde entonces a soñarla para mí. Y era este sueño lo que obsesionaba mi cerebro infantil.»
Al siguiente mes de octubre, José Luis entró en el seminario. Las cosas no fueron fáciles, pero se fueron resolviendo. «Yo recordaba siempre a mi tío en cada sacerdote que veía, y recordaba aquella noche de nieve cada vez que nuestro patio aparecía blanqueado; recordaba sobre todo aquel fogón en que los leños iban consumiéndose. Y pensaba: dentro de cuatro años me tocará a mí arder y también calentar y alumbrar. ¿Qué sería de nosotros sin este fuego vivificador? En los pueblos sin sacerdote —pensaba— deben tener un invierno perpetuo.
»Y entonces venía a mi memoria toda mi vida. Recordaba, sobre todo, aquella noche de diciembre y me parecía que ahora yo estaba repitiéndola. Tanto, que cuando por fin subí al altar tuve la sensación de oír el reloj que aquella noche había dado las diez campanadas. Y cuando me acercaba a la Consagración me parecía como si me hundiese en tierra, igual que aquella noche en la nieve. Me temblaba el corazón como entonces, aunque esta vez no de miedo, sino de gozo.
»Cuando acabó la Misa me senté en un rincón de la iglesia y allí estuve largo rato, como intentando explicarme a mí mismo lo que había sucedido. Todo en mi vida era distinto, comenzaba a sentirme útil y mi existencia empezaba a servir para algo. Me veía entre los hombres con las manos llenas de amor y siendo como un canal entre ellos y Dios, un canal por el que bajarían las gracias del Cielo, por el que subirían las oraciones de la tierra. Me veía derramando el agua santa sobre la frente de los niños, y acompañando los últimos minutos de los moribundos; perdonando a los jóvenes sus pecados —¡ah, y viéndoles marcharse contentos, con una nueva alegría!— y bendiciendo los nuevos hogares en que se perpetuaría la vida. Veía a los niños arrodillados, puros y angelicales, ante el altar, y yo bajaba hasta ellos y les ponía el Cuerpo del Señor sobre la lengua. Yo rezaba también sobre los muertos, y mi bendición era lo último que descendía sobre sus tumbas entre las paletadas de tierra. Yo bendecía las casas, y los animales, y los frutos, y hablaba a los hombres de Dios, y por ellos, por todos ellos, levantaba en las manos la Hostia blanca, en la que Cristo se nos mostraría y vendría a vivir entre nosotros. Sí —pensé—; mi vida comienza a servir para algo.
»Pienso que ya estoy ardiendo, que soy el leño en el fuego, el fuego que ilumina, que calienta; que ese es mi destino: consumirme en un acto de servicio, en un glorioso acto de servicio a los hombres. ¡Y estoy tan orgulloso con este destino!
»¿Cuánto durará? ¡Qué importa eso! Quizá sean muchos años, como mi tío; quizá solo unos meses, puede que unos días; quién sabe si esta misma noche no nevará y estará borrado el camino que lleva a Castales y llegará uno a caballo a llamar a mi puerta. Por eso tengo que darme prisa, tengo que buscar en seguida alguien que me sustituya, que siga en la brecha si yo muero. Este fuego no puede extinguirse, porque con él se apagaría el mundo.»

miércoles, junio 04, 2008

En el camino

No hay cosa que mueva a la autenticidad con más fuerza que llevar a otros a recorrer tu mismo camino. Lo digo porque no creo que haya nadie capaz de persuadir a otros de llevar un modo de vida que a él mismo no le gustara en absoluto.
Cuando uno invita a algo, es porque ese algo te gusta; y cuando las personas se animan a ese camino, se produce como el pago de esa invitación: el entusiasmo del segundo anima el camino del primero.
Es una obviedad decir que Antonio es amigo mío. El próximo sábado recibirá el orden del diaconado. "El número de los discípulos continúa creciendo". El aceptó en su día la oferta de Dios de seguir un camino de entrega en el sacerdocio. Y en ese camino nos conocimos, yo terminando mi preparación, él en los comienzos.
Cuando pienso en su ordenación pienso que "no es posible fallar", porque eso es sinónimo, para mi, de engañar. La fidelidad es un bien escaso pero valioso, y la mejor manera de custodiarlo es introducir a otros en caminos de entrega y autenticidad. "Mi fidelidad es la suya", podríamos decir. Y su entusiasmo ante este maravilloso sacramento es, por así decirlo, el mío. Y así seguirá siendo por los siglos, como fue en los comienzos de Pedro y Andrés, de Felipe y Natanael...
"Antes morir que pecar". Eso decían los antiguos y se entiende fenomenal. Es un peso dulce este de la responsabilidad, de la necesidad de ser modélicos... y si no lo vamos a hacer bien, si no vamos a responder como Dios quiere, mejor es que nos llame a su lado.
Ser fiel es disfrutar con el camino emprendido, aun cuando pudiera costar. Y la fecundidad es la que, primero, da certeza de la verdad del camino comenzado y, después, le da un colorido nuevo, estupendo.
Si no, piense cada uno en su camino, y verá como es cierto...
... o cómo debería serlo.

lunes, junio 02, 2008

La catedral de Mejorada

Cuando Don Justo Gallego comenzó, hace 44 años, a construir una iglesia porque le daba devoción y por amor a la Virgen no creo que imaginara el fenómeno que iba a desarrollarse. Con materiales de desecho y porquerías tipo botes de colacao, comenzó a rellenarlos de cemento y de otras cosas y a construir su iglesia, sin licencia pero con terreno; sin carrera (arquitectos, ¡denunciadle!) pero con unos libros de arte bajo el brazo; sin dinero (vendió todo para seguir con su proyecto) pero con ilusión...
Total, que hoy podemos ver una iglesia inconclusa (¿la terminará una vez?) y máximamente dispar. En un lado hay un patio, en el otro un nosequé... en fin que hay valores de todos los estilos de arte y, a la vez, ninguno.
Cuando uno se topa con la gente de la calle, y se dedica a la tarea de la formación, se da cuenta de que casi todas las conciencias son así: inacabadas y eclecticas. Tienen algunos valores -solidaridad, amor-, pero no hay un conjunto armónico. Dicen si a la vida y al aborto y se quedan tan panchos. Dicen si al amor y al divorcio; si a la verdad y al robo... Maravilloso eclecticismo.
Es como si el edificio cristiano hubiera ardido y quedaran Justos Gallegos de la vida que recogen lo que pueden y hacen lo que pueden. Vidas muy desestructuradas, conciencias inconclusas...
Por eso, cuando uno tiene formación suficiente para conocer principio y fin de la vida, causa y efecto de las cosas, valores que deben poseerse y cosas que deben rechazarse... como mínimo, debe dar gracias a Dios porque tiene su casa fundada sobre roca firme, y vendrán las lluvias, se saldrán los ríos... y aguantará.
Si no eres de esos bienvenido a la parroquia. Podemos ayudarte a poner pilares firmes, como don Justo.

martes, mayo 27, 2008

Erre que erre II

... Al principio pensaba que la vida religiosa era lo suyo. Pero, al poco de estar en un convento, le dijeron que probablemente aquel no era su camino. Volvió a insistir en otro lugar, un tiempo más tarde, y volvieron a decirle lo mismo. Le aconsejaron que pensara si quizá Dios no lo quería como fraile, sino en el ejercicio de la diplomacia y en el cultivo de la literatura. Entendió entonces que aquella era la voz de Dios, que le llegaba por encima de sus deseos e impresiones iniciales. Y fue un gran diplomático y una de las glorias literarias de Francia. Sirvió eficacísimamente a la Iglesia con su trabajo y con su pluma. Con el tiempo, comprendió que sus primeras decisiones fueron solo recodos de un camino que le llevaba derechamente hacia la voluntad de Dios.

Esta suele ser la situación en la que se encuentra el alma antes de decidirse. No ve con nitidez, no escucha con claridad. Solo se tiene una inquietud, una intuición. Es quizá una llamada aún poco perceptible, pero muchas veces no por eso menos real. ¿Dónde me quiere Dios? ¿Para qué? Hay que aguzar el oído, rezar, insistir al Espíritu Santo que nos dé luz, pedir consejo.

—Pero quizá es mejor decidir por uno mismo estas cosas tan personales, sin dejarse influir por consejos de nadie.

Las decisiones personales importantes han de tomarse de modo personal, por supuesto, pero no deja de ser una muestra de inteligencia y hasta de sensatez saber escuchar los consejos de aquellos a quienes podemos considerar dignos de nuestra confianza. A veces, desde fuera se ven las cosas con más objetividad. Y no porque desde fuera se vea mejor la vocación, sino porque quizá pueden ayudarnos mejor a reflexionar sobre cómo son nuestras disposiciones o nuestras actitudes. También pueden decirnos si, por su experiencia, les parece que tenemos o no las condiciones necesarias para seguir un determinado camino en una determinada institución de la Iglesia.

La clave es a quién se pide ese consejo y cómo se recibe. Hay que buscarlo en personas que posean la ecuanimidad y la rectitud necesarias para una cuestión tan importante. Y hay que recibirlo sin dejarse influir por quienes nos empujan a seguir con precipitación un entusiasmo pasajero, pero tampoco por quienes nos invitan a guiarnos por el egoísmo o a dejar siempre las cosas para más adelante.

—¿Y qué puede hacer el que no cuenta con personas de confianza? ¿No se bastará a sí mismo?

Pienso, como Alejandro Llano, que, cuando el aprendiz está maduro, encuentra siempre a su maestro. Puede costar más o menos, pero al final siempre se encuentra. Debemos pedir consejo a personas que tengan la necesaria rectitud y consideración hacia lo sagrado de la conciencia. A personas que entiendan que la labor de consejo y de orientación espiritual es una tarea encaminada a situar a cada uno frente a su propia responsabilidad delante de Dios, una ayuda que nunca supone menoscabo de la autonomía individual.

Toda ayuda espiritual, igual que toda acción de apostolado o de proselitismo, es siempre dar luz a las personas para que, cada una, día a día, vaya descubriendo su camino y lo siga. Quien da consejo sobre la vocación debe tenerlo presente; y quien lo recibe, debe comprender que, lógicamente, no basta con el consejo para resolver nuestro discernimiento, pues el discernimiento de la vocación es siempre personal.

El consejo espiritual ha estado presente en la historia personal de los santos a lo largo de la historia de la Iglesia. Así sucedió, por ejemplo, a Santa Juana Francisca de Chantal. En el año 1601 falleció su marido, el Barón de Chantal, y quedó viuda con veintinueve años y cuatro hijos. Juana Francisca pedía a Dios que pusiera en su camino un director espiritual verdaderamente santo, capaz de ayudarla a encontrar su vocación en aquellas nuevas circunstancias. En 1604 conoció a San Francisco de Sales y enseguida comprendió que era la persona que ella buscaba. Juana Francisca se dedicó a educar a sus hijos, a administrar los muchos bienes que le había dejado su marido y a hacer numerosas obras de caridad con los pobres y enfermos que ella visitaba o que acudían a verla al Castillo de Monthelon, donde vivía. Pasados los años, cuando sus hijos estuvieron ya preparados para valerse por sí mismos, decidió hacerse religiosa, y San Francisco de Sales vio en ella la persona ideal para comenzar la fundación de una nueva comunidad de religiosas que visitaran a los pobres, de ahí su nombre de Hermanas de la Visitación de la Santísima Virgen. Era una mujer con grandes dotes de gobierno, que caminaba de ciudad en ciudad organizando nuevas comunidades por todas las provincias de Francia. En 1622 falleció San Francisco de Sales y quedó ella sola al frente de la numerosa comunidad recién fundada. Buscó entonces la ayuda de San Vicente de Paúl, que sería en lo sucesivo su director espiritual. Cuando falleció Juana Francisca, en 1641, había ya ochenta y tres conventos de la Visitación en varios países de Europa. Ella siempre estuvo muy agradecida a la ayuda y el consejo que recibió de esas dos personas tan santas, que supieron orientarla con sabiduría y fueron decisivas para conocer su propia vocación y para seguirla con fidelidad.

Erre que erre (1ª parte)

La pregunta sobre qué quiere Dios de mí es una pregunta personalísima, de respuesta también personalísima. No hay recetas hechas. No hay fórmulas exactas para saber cuál es la propia vocación. Dios no se repite. No hay un atlas donde, como sucede con las estrellas, uno pueda buscar y reconocer la suya. Dios llama de modos tan distintos como modos hay de enamorarse. Nos llama y nos habla de forma singular. A algunos santos, Dios les sugirió oscuramente su vocación desde la niñez: a Santa Catalina de Siena con una visión, a San Juan Bosco con un sueño. Pero fueron la excepción y, además, ellos no descubrieron el significado de aquello hasta bastante tiempo más tarde.
A veces, Dios da su gracia de un modo llamativo, casi estruendoso, como hizo con San Pablo. También fue excepcional la conversión de Paul Claudel, un literato francés que había perdido la fe muy joven y a quien, la noche de Navidad de 1886, un taxi lo dejó, por casualidad, a la puerta de Notre Dame, en París. Se quedó solo en la gran explanada, frente a la catedral. Contempló la imponente fachada gótica con el gran rosetón central, fulgurante y multicolor en la oscuridad. Se escuchaban los cantos que celebraban la Nochebuena. Decidió entrar. El templo estaba abarrotado. Se fue abriendo paso entre la multitud, hasta llegar junto a la imagen de la Virgen.
Y fue entonces, mientras escuchaba el “Magníficat”, cuando se produjo su conversión. «Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía. Fue entonces cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante, mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre, que no dejaba lugar a ninguna clase de duda; que después, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida no han podido sacudir mi fe ni, a decir verdad, tocarla. De repente, tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado: "¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!". Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste fideles aumentaba mi emoción.»
En su interior se mezclaban sentimientos contrapuestos. «La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y el asco. Esta resistencia mía duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: "El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura noche!". Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe no saben lo que cuesta reencontrarla, y a precio de qué torturas.»
Había en el interior de Paul Claudel un “hombre nuevo” que le empujaba a cambiar de vida. Pero seguía también el “hombre viejo”, que resistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él. «¿Debo confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el miedo a la opinión de los demás. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y decírselo a mis padres…, manifestarme como uno de los tan ridiculizados católicos…, todo eso me producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba incluso la violencia interior que se me había hecho. Pero sentía sobre mí una mano firme. (…) No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico. (...) Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!».
Decidió entregarse a Dios. Al principio...

lunes, mayo 26, 2008

Pippo

"El santo de la alegría", el "sócrates romano", el "conquistador de la libertad"; el "consolador de Roma", el "apóstol de Roma", el "modelo de sacerdotes" o "la música de Dios". Con estos nombres era conocido en la ciudad eterna San Felipe Neri. Sin dudarlo un segundo, es uno de mis santos preferidos.
Felipe Neri, Pippo, fue un tipazo increíble. Nació en Florencia y se dedicó al servicio de los demás, especialmente de los peregrinos de Roma. Finalmente, asesorado por su director espiritual y por la llamada de Dios -obviamente-, se ordenó sacerdote a la edad de treinta y seis años. Se instaló en S. Jerónimo de la Caridad, en la 'española' via Monserratto (donde está la Iglesia española en Roma) y fundó el oratorio, donde atrajo la atención de cientos de jóvenes. Modelo de caridad y modelo para la juventud. Un fenómeno.
Su amor a Cristo quedó reflejado en algunas de sus oraciones: El que quiere otra cosa que a Cristo, no sabe lo que quiere, el que busca otra cosa que a Cristo, no sabe lo que busca. Y también: Dame la gracia, Jesús mío, de no servirte por temor, sino por amor. Yo desconfío de mí, confío en ti, Jesús mío. No te fíes de mí, que te haré traición.
Me cae fenomenal Felipe Neri sobre todo, por su trato con la juventud. A él le encomiendo, junto a San Juan Bosco, esas decenas o incluso centenas de jóvenes que formamos en esta parroquia. Y le pido aprender de él. De él y de su buen humor, que fue bien conocido.
Una cosa me llama la atención: lo mucho y rápido que le obedecía. Preguntado por la rápida obediencia de sus chicos siempre respondía: obedecen pronto porque mando poco. Lo decía con tonillo irónico. Yo creo que, leyendo su vida, obedecían pronto porque amaba mucho...
Otra vez, en vísperas de su muerte, se hizo famosa su frase: "finalmente, hay que morir". Se ve que era un tipo gracioso hasta el final...
Y, por último, es sorprendente lo muy amigos que son los santos entre si. Dios los cría y ellos se juntan. El bueno de Felipe Neri conoció a Ignacio de Loyola, Francisco de Borja, Carlos Borromeo, Pío V...
En fin, habrá que esforzarse. Quizás dentro de 500 años, en una especie de blog futuro, escriba un sacerdotillo por ahí algo parecido a lo que sigue: "hubo muchos santos en aquel barrio; San José Millán, los olábarri (que serán como la familia de San Fulgencio, que eran cuatro hermanos y los cuatro santos...); San Luis Poveda, y otros santos lectores de aquel blog que fue en ellos, más que nunca, de Madrid al cielo...".

viernes, mayo 23, 2008

San Frutos

Creo que san Frutos es el patrono de Segovia. La verdad es que creo que me voy a acoger a su patrocinio, confiando en aquello de "un nombre, un lema"...
Frutos. El otro día me preguntaba un chico: "¿Por qué no entra nadie de la parroquia al seminario?".
Ahora parece que vienen las 'primeras bodas'. En Junio Lorena y Javier, Septiembre Rubén y Montse, en Enero Javi y Lucía... y las que vendrán. Unos pegaron en petardazo, y luego han ido cayendo una detrás de otra...
Hace falta alguno que dé el primer paso. Tú, que lees esto, quizás seas el elegido... o ese amigo tuyo... ¡Ánimo!. Sólo tú sabese lo que pasa por ahí dentro. Tú puedes dar ese petardazo de generosidad.
Y el resto, ¿qué puede hacer?.
Cuentan que el cura de Ars se entrevistó una vez con un compañero muy desanimado por la ausencia de 'éxito' en su pastoral. Años de predicación, entrega, preparación y 'tácticas' apostólicas para nada. "Lo he intentado todo" decía aquel sacerdote joven. A lo que respondió el buen cura de Ars: "¿ha dormido usted en el suelo, ayunado, usado disciplinas, mortificado su gusto frecuentemente?". Ante la negativa del curilla, en santo cura respondió: "pues entonces usted no ha hecho todavía nada".
Hay que emplearse más a fondo en el sacrificio, no sea que uno sucumba al activismo del sacerdote celoso pero equivocado...
Pero, ¿Por qué esta insisitencia en las vocaciones?.
Pues porque tiene que preocuparte quién va a formar a tus hijos.
Yo lo pienso: soy un subproducto de una familia estupenda, y de un colegio lleno de personas que se entregaron a Dios y se han desvivido enseñando a chavales como yo -entonces- a cumplir la voluntad divina. Unos estaban casados, otros eran numerarios del Opus Dei, y otros eran espíritus geniales que circulan por el mundo. Por eso, cuando alguien me dice que hacen falta vocaciones de numerarios yo lo entiendo muy bien, porque, en sentido estricto, por su entrega encontré yo mi vocación y por su entrega encuentro ánimo y estímulo cada semana e incluso cada día.
Pues ojalá entiendas tú también la razón por la cual también hacen falta curas. Porque, ¿qué será de tus hijos -que ya tienes o que tendrás- si no hay buenos curas para ayudarles?.
Recuerdo una persona que hablaba fenomenal de cosas religiosas, con un conocimiento íntegro de la doctrina y con un saber hacer fantástico. Le pregunté por su colegio, y me dijo que él/ella era de provincia, y que había estudiado en el colegio de su pueblo -chiquitito-, y que había buenos maestros pero, sobre todo, en el pueblo hubo un buen sacerdote... y de ahí le venía todo.
¡Vocaciones!. Numerarios, sacerdotes... Mortificación, pedirlo a Dios... y uno, ¡¡¡sólo uno!!! que le eche narices... y el resto vendrán en racimo. ¿Tú quizás?
A rezar.
San Frutos!!! espabila.

martes, mayo 20, 2008

10 años de la séptima

Me he acordado nada más levantarme.
¡Qué día aquel!. Terminando primero de Seminario. ¡Qué final! con la oposición de un Atlético y uno que era y sigue siendo -sorprendente- del Barça.
Pero ganamos...
Diez años. ¡Qué bien estabamos entonces! Y ni comparar con ahora...
Pero no me voy del tema. 10 años, tres champions... y tu comentario.

lunes, mayo 19, 2008

Idolillos

Me cuenta mi amigo E. A. que, cuando llegó a China de vuelta hace unos meses, tuvo una sorpresa desagradable. Desde el Seminario él había querido ir a evangelizar China, y desde hace unos años está en Taiwan haciendo su labor.
El tema es que decidió, en su última visita a España, comprar un Belén para su parroquia. Pero no siempre es fácil pasar cosas a China donde, conviene recordarlo, de libertades se habla bien poco. El policía de aduanas le mandó abrir el paquete y empezó a salir la cabra, el pastor, San José, la mula y hasta Herodes y su castillo, que andaban por allí. El chino de turno le inquirió a propósito de esas figuras: "¿Qué es esto?". No era muy partidario de dejarlas pasar. Nuestro amigo sacerdote contestó: "son mis idolillos familiares".
Total, que el policía siguió escarbando y encontró un chorizo, cecina, lomo y salchichón, entre otras cosa. "¿Y esto otro?". "Los alimentos de mis idolillos". El policía no puso ningún problema. Tanto el Belén como el condumio pasaron sin problema ninguno...
Somos libérrimos de creer en lo que queramos.
Unos confían en sus idolillos: o sea, en el dinero, el tener, el poder, el compararse todo el día, el estar dándole vueltas todo el rato a la centrifugadora mental pensando como tener más, como hundir al vecino, como hacerse notar. Idolillos personales.
Otros incluso creen en un sólo Dios. Y los católicos creemos en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tres personas y un sólo Dios. Si uno no quiere quedar atrapado por sus idolillos, o acabar creyendo 'únicamente' en Dios, conviene que profundice en su fe porque es, con mucho, lo que te caracteriza como cristiano.
Toma nota.

viernes, mayo 16, 2008

La sensatez de lo concreto

Ayer disfruté de dos horas de campo, breves pero estupendas, porque los campos de la Sierra de Madrid están estupendos con las lluvias que han caído. Fui con mi tía Isabel, que siempre es ocurrente, y esta vez volvió a no fallar en sus vaticinios y consideraciones.
Estabamos de sobremesa, comentando precísamente lo bonito que está el campo. Y ella comentó:
Hay que agradecérselo a San Isidro. ¡Qué primavera tan buena de lluvias!. Así está el campo, que da gusto.
Yo, por mi parte, le respondí:
Supongo que con esto se habrá acabado la sequía, aunque en Cataluña están fatal de aguas.
Y ella dijo:
Claro. Es un problema de falta de realismo. Nosotros nos acogemos a un patrón como san Isidro, bien majo, que cultivaba su tierra y sabía lo que era sacar las cosas adelante. Por eso se hace cargo de nuestras necesidades, como es lógico. Ellos tienen a san Jorge, que se dedicaba a matar dragones -¡qué cosa tan absurda!- y que no se entera de nada. Fulgencio, conviene tener los pies en el suelo, y san Isidro no será relumbrón, pero es muy apañado...
Tomemos nota... Nada como tener los pies en el suelo para hacerse cargo de las necesidades del prójimo.

lunes, mayo 12, 2008

Ofensiva laicista

Ahora les da por hablar de ofensiva laicista. Está bien.
Algunos, creo que los nacionalistas gallegos, dicen que hay que cambiar el calendario por fiestas más actualizadas; por fiestas tradicionales del estado...
Otros consideran que los obispos deberían hacer tal o cual cosa, porque no soportan a las vocese que disienten.
Unos terceros añaden que hay que quitar el concierto a los colegios religiosos.
Y casi todos, si pudieran y exisitiera, pulsarían un botón donde pusiera: destrucción de la iglesia católica.
No soportan dos cosas: la libertad y la autonomía; la libertad y la independencia; la libertad y la firmeza de criterio. Un mundo sin fe católica -que es la que yo trabajo- significa la dictadura de los fuertes. Porque, con el tiempo uno se va dando cuenta de que para triunfar en la vida hay dos cosas: las virtudes y el carácter que uno tiene (de natural; para unos muy fuerte, para otros muy débil) y el sentimiento religioso (que hace, que duda cabe, a los débiles muy fuertes)...
Suprimir el sentimiento religioso (católico) significa dictadura de los poderosos. Lo saben y apuestan por ello. Y si muchos caen, nosotros, mientras resistimos, seremos más fuertes. A más presión, más fortaleza.
Y eso nos viene mejor que bien. A por ello.

jueves, mayo 08, 2008

Más títulos que años

Ayer vinieron a catequesis los niños del Atleti. Vinieron, como siempre, a hablar conmigo de fútbol, a que les pinche y les chiche un poco. Luego Leticia Sánchez de León, su catequista, les pincha arriba para que cuando bajen de catequesis, me ataquen, y así los niños encantados y yo más.
Total que ayer vinieron, y en seguida les pedí felicitaciones por la liga. Se resisten a reconocer la realidad. "Tenemos tantas ligas!!!... fijaos -les dije- el Madrid tiene más ligas que yo años". Y es verdad: aún no calzo los 31. Más ligas que yo años... Ellos pensaban que tenía muchos más años, porque todos los curas, lo sabe todo el mundo, tienen como mínimo 50...
Hoy cumplo años también como sacerdote. Y tengo menos años de cura que copas de Europa el Madrid. Eso sólo lo puede decir el Real Madrid, el Milán y el líverpool, el Ajax y el Bayern Munich, si mal no me equivoco.
Una vida sacerdotal es como un compendio de milagros. El otro día, en una tertulia con gente un pelín más joven que yo, pero no mucho, me obligaron a hacer una 'historia de mis ideas religiosas'. A media narración veo que una se pone a llorar: es que es verdad, es que es de milagro en milagro. El milagro de los compañeros, sus familias, nuestra amistad, la oración, el seminario, el estudio, la doctrina... la parroquia.
Menos años que ligas. Menos años de cura que champions. Por muchos años: de cumplir y de ganar.

martes, mayo 06, 2008

Nihil difficile volenti 2 y conversaciones matutinas tercera parte

Nada es difícil para el que quiere, ¿recuerdas?.
Aquel sacerdote, que al principio se había visto persuadido por lo atractivo de aquel reto (quiere de verdad y podrás), era ahora de una opinión distinta. Pensaba que si a los chicos se les aprieta mucho en este sentido, pueden quemarse. Le parecía que es necesario fortalecer la voluntad, porque es hoy día un bien escaso, pero con ojo.
Nihil difficile volenti. No es verdad, o al menos, es incompleto. Total que el sacerdote se dirigió al despacho del profesor a comunicarle sus dudas a propósito de la sentencia. Lo conversación fue enjundiosa, y el profesor concedió que entendiéndola por sí sola aquello era voluntarismo. No obstante, el buen profesor concluyó diciendo que la frase, con todo, es válida y buena. Y el sacerdote le retó: "perfecto. Si te parece, en tu planta y en tu despacho, reinará el 'nada es difícil para el que quiere'; yo pondré en mi despacho, en el piso de arriba, 'nihil sine gratia-nada sin la gracia'. Creo que mi despacho será mucho más visitado"...
Cambiando de tercio, hoy tercer capítulo de conversaciones matutinas. Dando la comunión, he visto a mi profesor de todo (porque cuando estás en quinto de EGB es tu profesor de casi todas las asignaturas). Además, era mi entrenador de baloncesto, y me quería muchísimo. No es por nada, pero debíamos ser -Juan Gómez Blanes y yo- dos niños divertidísimos. Él siempre reconoció que se lo pasaba bomba con nosotros, y recuerdo que nos tenía un enchufe increíble. Lo cierto es que eramos un poco trastos: fue el primer año que suspendía algo (en quinto de primaria; a partir de ahí siempre saqué todo sobresalientes y un suspenso [plástica o inglés] sólo por ser puñetero), fue el año en que a Blanes y a mi nos cambiaban de letra cada dos por tres para ver si nos serenábamos (la primera vez lloré, las siguientes era cuestión de esperar a Blanes, que haría una trastada premeditada para hacerme compañía), y fue el último año en que fui un buen deportista (entonces era un crack del baloncesto, luego todos dieron el estirón mucho antes que yo y se acabó la historia).
Total, que esta mañana he visto a Juan Herminio, mi profe. Espera el quinto hijo -cuando era profe mio no estaba ni casado- que si es una hija estará fenomenal (porque ya tiene cuatro niñas) y si es un hijo le hará muy feliz.
Conversaciones matutinas. ¡Qué gozada!.

domingo, mayo 04, 2008

4 de Mayo

Hoy, 4 de Mayo, pasan algunas cosas. Si no me equivoco, debe ser el cumpleaños de d. Ignacio Belzunce, a quien encomendaremos especialmente en Misa. Es víspera del cumpleaños de Antonio, un pre-diácono que será ordenado como tal el 7 de Junio. Y es el día después de la ordenación de sacerdotes de 15 compañeros...
Hacía tiempo que no estaba en una ordenación (al menos 3 años). Y me ha sentado fenomenal recordar las oraciones que un día rezamos todos, mi familia, mis amigos... y volver a renovar la entrega, que es algo más que necesario.
Me emocionaron especialmente algunas de esas oraciones. En el momento central de la celebración, el obispo dice: "Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de Santidad; reciban de ti el segundo grado del ministerio sacerdotal y sean, con su conducta, ejemplo de vida".
Espíritu de Santidad, ejemplo de vida... y cuando te entregan el cáliz y la patena se dice: "Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la Cruz del Señor".
¿Se entiende ya la razón por la que hay que rezar por los sacerdotes?.
¡Tenemos que tener a Jesús contento!... y no es tarea fácil.
P.D.: La historia del nihil difficile volenti será completada en próximos días... paciencia.