Pactar con los estados de ánimo es como una operación de reducción de estomago. Inevitablemente, se pierde capacidad para tragar las cosas del día a día, especialmente las más pesadas. Pero, además, tiene efectos colaterales:
Un amiguete mío se operó hará dos meses. Resulta que el estómago lleva un montón de tubitos unidos a él. Después de reducir el estómago ocurrió algo nada inhabitual: resulta que la conexión con intestino (que me perdonen los expertos por semejante explicación) no funcionó bien. Baja o limitada, como dicen las conexiones a internet. Se había inflamado el dichoso colector, la comida no pasaba y el pobre estaba hecho unos zorros, vomitando sangre y cosas peores. Eso podía degenerar en una úlcera fatal; aunque gracias a Dios todo se solucionó.
Quien pacta con los estados de ánimo (hoy bien, mañana mal; hoy alegría por el tráfico, mañana destrucción por las gramíneas), además de perder capacidad para aceptar contrariedades, puede generarse úlceras con el resto de seres que les circundan. Primero se atascan un poco las relaciones y luego aparecen las heridas.
Por eso, aceptación sana de la limitación. Segundo, lucha sin freno contra nuestras apetencias.